Ud. está aquí:
  1. Inicio
  2. Prensa
  3. Discursos e intervencións
  4. 2017
  5. Apertura del Curso de las Reales Academias

Discurso del Ministro de Educación, Cultura y Deporte, Íñigo Méndez de Vigo, en la apertura del Curso de las Reales Academias

23 de noviembre de 2017

Discurso

Majestad,
Sr. Presidente de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación (D. José Antonio Escudero),
Excmo. Sr. Presidente del Tribunal Constitucional (D. Juan José González Rivas),
Excmo. Sr. Presidente del Consejo de Estado (D. José Manuel Romay Becaria),
Sres. Presidentes, Directores y Representantes de las Reales Academias,


Las Reales Academias fueron instituciones que surgieron en el siglo XVIII al calor del espíritu de la Ilustración y el desde su nacimiento contaron con el apoyo y el estímulo de la Monarquía, que ostenta hoy su Alto Patronazgo. Vuestra presencia hoy aquí, Majestad, es fiel testimonio de vuestro compromiso con la vida cultural y académica española y, en particular, con la contribución que a la misma realizan las Reales Academias.

Estas desempeñan desde comienzos del siglo XVIII una notable labor en favor del conocimiento científico español. Tras la reciente incorporación de la Real Academia de Ciencias Económicas y Financieras (marzo de 2017), con sede en Barcelona, hoy son 10 las Reales Academias que forman parte del Instituto de España.

Las Academias representan la sabiduría y la excelencia en sus diferentes disciplinas y aglutinan el patrimonio común del conocimiento español. En el mundo complejo y cambiante que habitamos, son un buen ejemplo de independencia ideológica y libertad, de honradez intelectual y del saber sereno.

Necesitamos más que nunca la presencia constante del pensamiento, la reflexión y el debate de nuestros académicos. Gracias a su labor evitaremos el sectarismo, la superstición y el pensamiento acrítico, que son los grandes enemigos de la libertad en nuestras sociedades modernas; enemigos que encarcelan y encorsetan.

Y es que el estudio, el conocimiento y su divulgación son nuestras mejores armas para mantener vivo el espíritu crítico, para salvaguardar la razón, para defender nuestras libertades.

Majestad,

En un día como hoy, no quiero dejar de hacer mención a la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación y agradecer a su Presidente mi buen amigo D. José Antonio Escudero la calurosa acogida en este acto oficial de inauguración de curso de las Reales Academias.

Esta academia, el “viajero errante” como la denominó su Presidente D. Javier Gómez de la Serna, fue la segunda en ser constituida, en 1730, tras la Real Academia Española.

Entre aquellos treinta primeros Juristas se encontraban importantes personajes del siglo XVIII español como Nicolás Álvarez Cienfuegos, su primer presidente, Pedro Joaquín Murcia, Bartolomé Galán o José Moñino , que posteriormente sería el primer Conde de Floridablanca y Secretario de Estado con Carlos III -cuyo retrato preside este acto-. Por cierto, Señor, como vuestro despacho. Todos ellos desarrollaron una importante labor de recopilación de textos jurídicos que fue el origen de una valiosa biblioteca que hoy alberga esta sede.

Hace más de 200 años, el movimiento cultural, filosófico, político, económico y social que trajo consigo la Ilustración llevaba de la mano al pensamiento liberal del que se nutrió nuestra primera Constitución, la famosa Pepa, alumbrada en Cádiz durante los oscuros tiempos de la invasión napoleónica.

En ella germina el principio de la soberanía nacional, de la unidad territorial y del estado de derecho como garante de las libertades de aquellos a los que conminaba a ser “justos y benéficos”.

El fin del absolutismo no se produjo por una transformación política, sino por una transformación social, cultural y económica que engendró la posterior evolución política. No podemos olvidar que fue el pensamiento político y económico que se había desarrollado los años anteriores el que sentó los cimientos para que los ciudadanos reclamaran un cambio.

Un cambio que implicaba reconocer derechos y deberes a los individuos, pero también una separación de poderes que nos protegiera de las tiranías y los abusos de gobierno. Como dijo el Señor de la Brede “crear una disposición de cosas tal que el poder frene al poder”.

En fechas recientes, aquellos principios han sido puestos en entredicho en una parte de nuestra nación, en Cataluña, por gobernantes que intentaron quebrar el orden de convivencia que decidimos darnos hace cuarenta años, y poner en riesgo una historia constitucional de más de 200 años. Como tantas veces a lo largo de nuestra historia, la ley, la democracia, la unidad y la libertad, terminan venciendo. Porque juntos somos más fuertes pero sobre todo más libres.

Sin lugar a dudas, la Ley no puede ser algo estático e inmutable. Marca unos límites y unas directrices que han de ser siempre respetadas, pero ha de servir también a la sociedad a la que protege y evolucionar con ella, como ha sabido evolucionar con nosotros nuestra actual Constitución, cuyo 40 aniversario celebraremos el año que viene.


Majestad,

España crece y se fortalece gracias a la aportación, el trabajo y el talento de sus intelectuales, de sus académicos; de esos españoles comprometidos con el verdadero camino del progreso de la civilización, repartidos por todos los ámbitos de la ciencia, el pensamiento y la cultura. Nunca insistiremos lo suficiente al presentar a estos intelectuales como modelos de conducta, especialmente para los jóvenes. Ellos marcan la senda del trabajo, el esfuerzo y la integridad; de ahí que se hayan hecho acreedores de nuestra admiración y nuestro respeto.

Frente a quienes menosprecian el saber, el conocimiento, los sabios, como recoge la antigua sentencia aristotélica, “tienen las mismas ventajas sobre los ignorantes que los vivos sobre los muertos”.

Reflexionando sobre lo efímero que todo parece haberse vuelto en nuestra época, y ante este ilustre auditorio, me vienen a la memoria las palabras del poeta polaco Adam Zagajewsky, a quien tuvimos ocasión de escuchar en la reciente Ceremonia de entrega de los Premios Princesa de Asturias 2017.

“La poesía no está de moda”, decía Zagajewsky, “la sustancia no está de moda. No está de moda detenerse en medio de un prado primaveral ni tampoco la reflexión”. Y añadía el poeta, con ironía, refiriéndose al ritmo frenético de nuestras sociedades contemporáneas: “un momento de reflexión es peligroso para la salud, hay que correr, hay que escapar de uno mismo”.
Frente a este escenario, más propio del título de aquella película de Carlos Saura “Deprisa, deprisa” , las Academias representan pilares serenos a los que aferrarse y ello es así porque esa serenidad y esa firmeza no se abandonan a la tentación del inmovilismo, sino que evolucionan a ritmo pausado pero seguro.

Esa es la respuesta de la cultura. El lugar de la cultura. El lugar que debe ocupar también en estos momentos donde –como reivindicaba Zagajewsky- solo lo urgente parece estar de moda. Y sin embargo, se trata de un espejismo: quienes tenemos la fortuna de vivir de cerca cada día el latido cultural de España sabemos que atraviesa un extraordinario momento.

Los creadores, los intelectuales, los artistas. Las instituciones, el patrimonio, nuestra lengua. El talento actual y el que conservamos a través de los siglos. Todo el universo cultural español y en español, porque incluyo a los que con hermosa expresión la Constitución de Cádiz denominaba “los españoles del otro hemisferio” goza de buena salud y así lo demuestra el creciente interés por lo español en todo el mundo.

La cultura, el alma de la nación, es también el faro hacia el mundo, nuestro mejor embajador hacia el exterior. Un embajador que habla de lo que somos capaces de crear pero también de nuestra identidad, de los valores que compartimos; la misma identidad y los mismos valores que han impulsado a España a estar en la vanguardia de la Unión Europea, a ser elegida recientemente miembro del Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas para el periodo 2018-2020, y que, hace tan solo unos días, llevaron a la UNESCO a seleccionar a nuestro país como miembro de su Comité de Patrimonio Mundial.

Todo ese caudal artístico, intelectual y patrimonial que atesoramos sería infecundo sin un buen sistema educativo, que es a fin de cuentas el primer transmisor de la cultura en la sociedad.

Como ustedes saben, estamos inmersos en el debate sobre el Pacto de Estado Social y Político por la Educación. Confío en que gracias al buen trabajo de todos los grupos parlamentarios y de toda la comunidad educativa se logre en los próximos meses.

En este pacto debemos aunar voluntad y talento, pero también los avances que hemos conseguido en estos cuarenta años, que no hemos de despreciar.

Por este motivo he insistido desde el principio de mi mandato en que tenemos que valorar esas mejoras y no hacer tabla rasa con el sistema educativo y pretender erigirlo desde cero.

No sólo tenemos que partir de la base que nos da el artículo 27 de la CE sino que –me gustaría insistir en ello- contamos con un sistema educativo de calidad que ha permitido mejorar sustancialmente la formación de los españoles en estos cuarenta años y sobre cuyos cimientos se pueden levantar mejoras que beneficien a todos los implicados en el proceso educativo.

Entre los factores que debemos considerar y reflexionar destaca el papel de las nuevas tecnologías, condicionante del metabolismo acelerado de nuestros usos y costumbres, de nuestra forma de comunicarnos, y del modo de acceder al conocimiento.

En esa tarea de mejorar y consensuar cómo queremos que sea la educación en España, debemos integrar las oportunidades que nos brinda el “mundo digital”, que ha desplegado un gran abanico de canales de acceso a la ciencia y a la erudición en cualquier lugar del mundo.

En este nuevo mundo que construimos cada día, las academias deben ser actores antes que espectadores. Las nuevas formas de transmisión del conocimiento abren -también en el mundo académico- un universo de oportunidades de divulgación del conocimiento acaudalado. Las nuevas tecnologías ponen a nuestro alcance un auditorio mundial de unas dimensiones que antaño eran impensables y que debemos aprovechar.

En un siglo que nace marcado por la celeridad y una cierta irreflexión, como mencionaba antes, se hace imprescindible su contribución a la creación de un corpus intelectual que vertebre el nuevo mundo que habitamos.

Vuestra labor es necesaria para seguir evitando que nuestra sociedad no preste, “con un despropósito, patrocinio a la obstinada ignorancia”, empleando las palabras de un ilustrado español, el Padre Feijoo, coetáneo además al nacimiento de las primeras Reales Academias.

Es tiempo de resaltar el ejemplo de nuestros académicos, de nuestros intelectuales, que siembran en la sociedad la inquietud del conocimiento. Esa inquietud que con tanta elocuencia reivindicaba en su libro de memorias el médico, académico y Premio Nobel D. Santiago Ramón y Cajal: "Es preciso sacudir enérgicamente el bosque de las neuronas cerebrales adormecidas; es menester hacerlas vibrar con la emoción de lo nuevo e infundirles nobles y elevadas inquietudes".

Sacudir, vibrar, infundir. He aquí tres vectores que definen la vocación y el trabajo que deben realizar “golpe a golpe, verso a verso” las Reales Academias en beneficio de toda la sociedad española.

Muchas gracias.

ÍÑIGO MÉNDEZ DE VIGO y MONTOJO
MINISTRO DE EDUCACIÓN, CULTURA y DEPORTE y PORTAVOZ DEL GOBIERNO

 

Este sitio web utiliza cookies propias y de terceros para dar una mejor experiencia de navegación. Si continúa navegando se considera que acepta nuestra política de cookies

  • Entendido